SUS OJOS VERDES

“En las celdas del edificio de los juzgados de la villa de Cangas del Narcea se conserva una serie de dibujos y grafitos realizados durante la guerra civil y la posguerra por presos allí detenidos. Se trata de representaciones que muestran una temática diversa pero en su mayor parte ligada a la propia guerra civil (calendarios de 1937-1938, retratos de generales, soldados, tanques, escenas de combates aéreos), que tienen un alto valor histórico y cultural, por cuanto son testimonio de la vida cotidiana de los presos de este período.”

 

Boletín oficial del Principado de Asturias 

 

 

Se les olvida mencionar en el artículo que una mujer voluptuosa con mirada desafiante, desnuda de cintura para arriba, se colaba entre soldados y tanques. A mi abuelo le estaría entrando la risa de saber que sus garabatos de aburrimiento de dos noches en el calabozo están siendo carne de documental en el 2018. No combatió esa guerra,  nació un par de años después, pero supongo que el ambiente de inseguridad todavía se les calaba en el cuerpo de algún modo, y dio rienda suelta a su puño cuando un extraño, pendenciero y abusón, cometió el error de importunar a sus hermanos. 

 

No supe de su escarceo con la ley hasta hoy, con motivo del descubrimiento de su arte, pero hasta bien tarde tampoco me había dado cuenta de que sus ojos eran verdes.

 

 

 

2002-2004

 

Una vez más ahí me encontraba frente a esa puerta de madera con ornamentos que formaban una estructura cuadrada, como si del marco de un espejo se tratase. Un espejo hubiera dado al menos algo de sentido al tiempo que empleé mirando al frente dubitativa, hasta que  finalmente tenía el valor de introducir la llave en la cerradura y girar. Mientras, aún tenía tiempo de echar un ojo a la mirilla y asegurarme de que todo estaba despejado, también de mirar mis pies descalzos e inquietos encima del áspero felpudo que te daba la bienvenida a casa. Tenía gracia verme en esa situación: años atrás hubiese rogado que me abrieran la puerta y no pasar ni un segundo en ese oscuro y escalofriante portal temiendo que el papón viniese y me llevase en su saco. Un día eran las tres de la mañana, otro las cuatro, quizás las cinco, pero el proceso siempre era el mismo. La llave hacía click y la puerta chirriaba- no importaba lo delicada que fuese- hasta estar cerrada de nuevo. La tenue luz en movimiento proveniente de la televisión se adivinaba a través del vidrio de la puerta que daba al salón-comedor, era la primera a la derecha. Él quizás dormía - a veces lo hacía- , así que comenzaba mi camino hacia la habitación de puntillas y antes de dejar atrás completamente el cerco de la puerta se oía la voz de mi abuelo: ¿hoy madrugaste eh? 

 

Esa frase te golpeaba como una colleja. Daba un paso atrás hasta ver su rostro y avergonzada dejaba escapar un tembloroso ‘buenas noches” para correr a la cama. Así fueron las primeras noches. Durante esos años, como todo adolescente, comenzaba a salir de vez en cuando de fiesta por la villa y el vivir a veinte kilómetros te hacía dependiente. Así que era o pasar la noche en casa de mi abuelo o esperar hasta las siete de la mañana para coger un taxi con mis vecinos con más de un trago encima. Escogí a mi abuelo. 

Poco a poco la duda nerviosa al otro lado de la puerta se fue disipando y con mueca sonriente entraba lista para ese recibimiento. Comencé a apoyar los talones al caminar y a ocupar el sofá individual situado al lado de la tele frente al que lo acomodaba a él, con su cuerpo estirado cubierto con una manta. Casi siempre tenía puesto el boxeo, aunque no estuviera de moda, por aquella Ward, Gatti o Morales alzaban el brazo al final de cada combate. Ninguno de los dos éramos de muchas palabras pero eran agradables las noches en compañía. Antes de irme a la cama iba a la cocina y le traía un vaso de agua que alcanzaba con sus rígidas manos revestidas con bultos pronunciados a las que no podía evitar mirar. Mi abuelo era minero.

 

 

1956-1965

 

Su destreza con las manos había llenado sus bolsillos de monedas desde edad temprana, evitándole pasar fame. Tallaba la madera que recogía y la convertía en coches de asombrosa perfección y acabado que vendía a los ricos con retoños. También a éstos les vendía las piñas que recolectaba de la cima de los pinos, era girar la esquina de su casa y un inextinguible pinar se lo tragaba . Era buen combustible para encender las cocinas que daban calor a las casas de aquella época. Pero eso no era suficiente y a los catorce años su padre se lo llevó, junto con dos de sus hermanos, del mar gallego a la montaña asturiana. Cambió los pinos por las hayas y el marisco por las truchas. Al menos no era muy lejos. Habían oído que iban a abrir minas de carbón y habría trabajo. Transporte Línea de Pepe Rengos los había recogido diciendo adiós a su madre y hermanas con un sentimiento de certidumbre y esperanza. Su destino era un pueblo llamado Xedré. El viaje en coche se acababa dos kilómetros antes de llegar a la pequeña aldea y un burro los esperaba para completar el trayecto entre piedras. El sobrepeso de equipaje no fue un problema. Durante el primer año se instalaron entre los seis pegollos de la panera de un vecino.

 

El plan de ser mineros se llevó a cabo y mi abuelo junto con otros tres ayudantes emboquillaron el primer transversal de dos kilómetros de la que se convertiría en la mayor fuente económica de la zona durante los siguientes 60 años. La Mina de las Esperanzas.

Siempre se comentó que era uno de los mejores -y más trabajadores- mineros, en ese momento picador. Por eso el día que, estando enfermo, el capataz lo sorprendió sentado y lo acusó de vago, a éste no se le ocurrió más que, malhumorado, coger un hacha y perseguirlo durante kilómetros hasta el exterior de la explotación. “¡Paren a Pereira que se volvió loco!” suplicaba entre gritos su superior a los que se tropezaba por el camino. Después de que se corriera la voz del “incidente” se pidió su despido, pero fue el propio capataz quien recapacitó: Cómo iban a echar a Pereira. Terminó siendo vigilante. Era minero de vocación, disfrutaba de su trabajo. Se llevó un gran disgusto cuando le llegó la hora de la jubilación. 

Cruzaban el río a pie, y la madera que cortaban para labrar las mampuestas que sujetarían la mina la cargaban al hombro. Los días que apenas les rozaba la luz diurna caminaban de vuelta a casa malolientes acechados por los lobos que los acompañaban hasta el pueblo en busca de restos de las matanzas. Pero la mina no era sólo duro trabajo, las amistades se fraguaban. En aquellos tiempos los derechos y la seguridad apenas existían pero los excesos si, y los días que el trabajo se daba bien, aún en sus fundas -las duchas tardarían años en llegar-, todos se iban de alterne. Visita obligada de bar en bar. Algunos extendían las risas hasta la noche, otros directamente empezaban con garrafas de vino, aguardiente y orujo el día, quizás de esa forma las profundidades de la tierra no se hacían tan asfixiantes, temerarias ni oscuras. 

Tampoco todo eran malos vicios, la afición al bolo vaqueiro era lo más sano que juntaba al pueblo. Mi abuelo era el primero en arrancar de la mina con botas de goma y sombra de carbón en sus ojos, para enrolarse en la partida de quien ya estuviera estrellando la bola de madera contra aquellos 16 bolos colocados en línea a conciencia, sobre la piedra lisa y plana tallada por el río, sin que un respiro de aire se colara entre ellos para ver quién bajaba más veintes sin queimar .

 

A su madre le enviaba cartas diciéndole que no se mudara con ellos, que desde la ventana no se divisaban más que montañas y el viento bramaba sin parar, ¿quién le iba a decir que acabaría amando ese pueblito y en él descansaría para siempre? Pero a ella esta descripción no la acobardó lo suficiente y toda la familia acabó juntándose allí, en la casa del cura que el pueblo les cedió durante nueve años, cuando decidieron mudarse a la villa Canguesa, a unos 24 kilómetros de distancia. Ninguno duraría mucho allí. 

 

 

1966-1985

 

Encontró el amor en una joven de pequeña estatura y cara inocente procedente del concejo de al lado, para disgusto de los padres de ella. Los aldeanos consideraban bajunos a los mineros y que su preciada hija terminara con uno de ellos era un sacrilegio. Con ella regresó al rugir de las montañas, Xedré. Por otro lado mi bisabuelo recibió un golpe de suerte: la lotería a la que tanto le gustaba jugar dio sus frutos y regresó a Galicia con el resto de la familia. 

 

En Asturias el dinero nunca faltó tampoco, en la mina se ganaba bien y además añadieron un pequeño negocio, no oficial, que mi abuela administraba. Las truchas. La pesca era otra de sus pasiones y pericias. Kilos y kilos de trucha entraban por la puerta de casa. Se iba de madrugada o por las tardes, tras la tormenta, cuando el río estaba más revuelto y más picaban, y a cebo, mosquito o cucharilla llenaba la cesta de mimbre. Volvía a casa a vaciarlo y partía de nuevo. Por entonces no existía el cupo - hoy no está permitido más de seis capturas al día, también es verdad que el río no baja con la vida que lo hacía antes-. Mi hermano heredó su maña con la caña. Mi abuela las limpiaba y las vendía a los bares o a los vecinos, o las cocinaba exquisitas rellenas de tocino. Resulta que por 1928 Hemingway había conocido Asturias desde su bicicleta y también se había quedado prendado de este manjar del Narcea.

La familia madrileña de un vecino que se había mudado a Galicia solía veranear en el pueblo y había oído de la reputación de Pereira con las truchas que ellos nunca habían probado, así que un día le hizo un encargo…

 

- ¿Cuántas quieres?

- Las que pilles.

 

Error de respuesta. Pereira llegó con tres kilos de truchas, vendiéndose cada uno a dos mil pesetas - sin la existencia aún de las piscifactorías la mano de obra se cobraba cara-. Básicamente les limpió la cartera, quedándose colgados para la vuelta a casa al no poder pagar la gasolina. Un trato era un Trato. En realidad era un hombre muy generoso y era el primero en prestar dinero por los aledaños a quién lo necesitaba para sus praos o casas. Mucho de ese dinero nunca lo recuperó. 

 

La descendencia pronto llegaría y mi padre fue el primero de cinco hermanos. Disfrutó, como los niños de los ricos, de los tira cantos, pistolas que disparaban y coches de pedales que su padre le hacía. A los cuatro años su progenitor lo despertó a altas horas de la noche para ver juntos la que sería su primera película y que tanto le impresionó: Quin Con, escrito por mi padre en la pared- a falta de papel- a petición de mi abuelo, curioso de ver como se las apañaba su pequeño con las letras.

 

Durante su infancia lo acompañó en las tardes de bolos y pesca, las nevadas en trineo, las farturas de castañas cocidas y asadas. También experimentó un día las aventuras de la caza, y aunque no llegaron a pegar un tiro sí se topó con el oso de frente por primera vez. Y eso no se olvida . Aquella noche la oscuridad los sorprendió y  mi padre pagó el precio del novato. Mientras mi abuelo llamó a los perros y se acurrucó entre su calor, él pasaría las horas en vela atizando la foguera bajo el cantar espeluznante y helador de la noche. El camino de vuelta a casa se hacía ameno e instructivo recogiendo los huevos de todos los nidos, como si tuviera un mapa del recorrido de árboles retenido en su memoria, que luego se harían tortilla. Muchas otras tardes si colgarían del hombro alguna codorniz, que cocinada con berzas y una pizca de chocolate se convertían en manjar - así lo recuerda mi madre la primera vez que lo probó, pese a su negativa inicial-.

 

Con la adolescencia llegó a casa la primera guitarra, y aunque mi abuelo era más de Molina, Fariña o Valderrama mi padre descubrió a Silvio Rodriguez, Victor Manuel y Jara con ideas que transmitir y luchas que reivindicar. El cierre de las minas sería una de ellas.

 

 

1985- 2004 

 

Mi padre fue un gran estudiante, sobretodo sobresalía en letras. Incontables cuadernos de poesía y canciones fueron apareciendo con el paso de los años. Pese a los intentos de convicción de uno de sus profesores, con el que forjó amistad e intercambió cartas durante años, por continuar sus estudios, incluso ofreciéndole financiación, su destino estaba en parte ya escrito. Iba a ser minero. No era su vocación pero sí el medio más rápido de independencia económica para formar su propia familia. Aquellos eran otros tiempos. La minería se estaba modernizando y se hizo cooperativa para hacer pisos de alto valor a bajo precio para los vigilantes, así que mi abuelo volvió a la villa y mi padre se mudó con mi madre a otro pueblito cercano. Acabaríamos de vuelta donde todo empezó. 

La mina más madura que conoció, siendo la misma, nada era igual. Pasó a llamarse Carbonar. Ya no eran pequeñas bocaminas desperdigadas por los montes, conocidas como chamizos. Ahora la mayor parte del trabajo era mecánico y no pico y pala. Contaban con un  sistema de ventilación. Los vigilantes llevaban aparatos que miden el monóxido de carbono. En años pasados el vigilante o capataz transportaba un jilguero en una jaula y lo tenían de compañero de faena, la pérdida de conocimiento del ave era el aviso de que había gas dentro de la mina y estaban en peligro. Las lámparas en los cascos desbancaron a los candiles de carburo que iluminaban lo justo a los trabajadores con boina. Cuando llegaba el mal tiempo los que tenían suerte se desplazaban en las cajas de los camiones y los que no, andando. A mi padre lo recogía y devolvía un todoterreno delante de casa. Para deleite de todos llegaron los vestuarios con duchas y taquillas. La quinta de mi abuelo colgaba sus pertenencias lo más alto que podía para que las ratas no les robara el almuerzo, como hacían con algún despistado.  Tampoco vieron trabajar a las locomotoras, el trabajo de carga lo realizaban las mulas arrastrando pocos vagones de cada vez. Y la madera quedó relegada para dar paso al metal.

Los bancos no existían y el día de cobro el propio capataz aparecía por la bocamina, en caballo y cargando una pistola en el cinturón de cuero, pagando en el acto dinero en mano. La mayoría de las ganancias se quedaban en los bares. El alcohol y el fumar en el interior se prohibiría tras una desgracia en una mina cercana donde fallecieron varios mineros al producirse un incendio por ese motivo. Desde entonces aparecieron los mineros de seguridad junto con actividades sindicales y más derechos para el trabajador -aunque todavía varios perderían la vida-.

 

 

A pesar de la diferencia generacional, ambos compartieron hazaña bajo tierra durante cinco años ( con mi padre orgulloso de ser hijo de Pereira). A mi abuelo le llegó la jubilación con tercero de silicosis, sordera parcial y un grado extremo de artrosis para su edad. La pérdida, demasiado temprana, de mi abuela, lo dejó refugiándose en la pena, y sólo alguna visita al que de verdad sintió como su hogar lo vestía con sus mejores galas: chinos, camisa de cuadros, jersey de lana fina y gorra. Aún era un hombre de porte elegante, con bastón al andar y encanto al hablar. Las horas de reencuentro en el bar daban para muchas historias, complicidad y carcajadas. Era como volver a la mina una vez más.

Y siempre perdurará en mí la imagen en el coche de vuelta a casa, cuando me miró y me preguntó si me sabía “La cucaracha”. La cantamos y justo cuando estábamos pasando por delante de la mina ahí me fijé. Sus ojos eran verdes. Tan verdes como las cubiertas del lavadero de carbón que tantas veces me cruzaba a un lado de la carretera y que de aquella para mí solo significaban oscuridad. 

De repente ya no era aquel huraño del sofá del que por entonces poco sabía y que aun así me atrapaba, si no que aquel pueblin desnudaba ante a mí a un hombre vivaz y carismático preludio de la mella que todas sus memorias dejarían en mí.  O quizás de ésto me di cuenta más tarde, pero esa imagen es la que vive clavada en mí: la cucaracha la cucaracha ya no puede caminar, porque no tiene porque le faltan, las cuatro patas de atrás

 

 

Las minas constituyeron el momento de esplendor del valle, cuando todos los negocios funcionaban y las calles todavía estaban a reventar. Mi hermano y yo crecimos en época dorada y disfrutamos de aquello. Una vez al año la empresa minera organizaba un viaje cultural y lúdico para los hijos de los trabajadores de entre 12-16 años, y nos pagó los estudios de la universidad. Tuve suerte, mi generación fue de las últimas en contar con esas ayudas. La política se metió por medio y el cierre de la primera mina de la cuenca significó la primera chispa de la mecha de la reconversión. Precisamente mi primera actuación en público fue con mi padre cantando a la mina en un concierto benéfico para recaudar fondos para las familias afectadas: amigos de mi abuelo, amigos de mi padre, y padres y abuelos de mis amigos. Desde entonces la juventud comenzó a hacer las maletas, los comercios a cerrar y la economía a desplomarse.

 

2004-2018

 

En el 2004 mi padre sacaba su primer disco ,Xedré, y lo contaría “Nel tiempu del curruscu de pan”…

 

Agora cerranon las minas,

Ya nun hai que madrugar,

Baxo cona moza al ríu

Aprendo a cantar

Agora cerranon las minas

Mas nun séi qué pensar

Riráse la cara la tierra

Pero los mozos tendrán que marchar…

 

 

A mi abuelo no le dio tiempo a ver las canciones de mi padre en formato CD - tampoco hubiera tenido donde escucharlas-, ni a ver su foto agarrando a su hijo de cuatro años en la bolera bajo el disco dedicado a él.   

 

 

Ye en el Octubre del 34, en plena República, mineros asturianos, incluidos mujeres y niños se levantaban para luchar por sus derechos y contra las injusticias que llegaban desde los gobiernos. Muchos de ellos acabaron en prisión como héroes, y quién sabe, quizás alguno decoró también las mismas cuatro paredes que encerraron a mi abuelo. Una lucha que ha continuado durante estos últimos años.

 

 

El saber del retrato de esa mujer desnuda me devuelve a ese sofá, imaginándome escuchar todas estas historias de su boca con esa sonrisa pícara y su sentido seco del humor que sólo los que lo heredamos entendemos. 

No hay olvido, el paso de los años te rasca las entrañas y te hace querer dialogar más con tus recuerdos porque el tiempo te planta cara, y trae el miedo al ver la huella que va dejando a tu alrededor. Pero también trae la ternura que antes no entendías. Como pasé a formar parte de la adolescencia de mi abuela materna  yendo a lavar la ropa al lavadero cerca del río con ella, ¿te acuerdas? - me preguntaba en sus últimos días- viendo en mí a una de sus amigas de juventud del pueblo; sus ojos se habían vuelto más brillantes que nunca. Como el hecho de que cada vez que vuelvo al pueblo, Aurelia, mi vecina de noventa años -probablemente la mujer con más kilómetros en sus piernas de la historia- siempre me esté esperando con castañas, avellanas, manzanas, peras,… que recoge en el camino y guarda en su bolsillo para ofrecérmelas mientras, un poco avergonzada - porque ella es mayor y tú no- se limpia con la mano la boca para darte un beso y despedirse con un “que la suerte te acompañe”. O cómo te golpea el pecho incluso al ver en la calle que una desconocida encorvada como un bebé tiene que recordar sus primeros pasos para poder dar los últimos. 

Parte de mi tenía que descubrirlo a él para entenderme a mí misma y a todos los que como yo crecimos entre carbón. Porque yo cada vez me veo más en esos ojos verdes.

 

 

Mi abuelo descansa entre las montañas y los bramidos del viento de Xedré, no muy lejos de nuestra casa ,y bajo todos nosotros el carbón de la mina que ya nunca se sacará.

 

 

 

2019

 

“Carbonar, la única mina canguesa en activo, en concurso de acreedores a la expectativa de decidir sobre su futuro”   

 

El Comercio